EQUITACIÓN CRIOLLA

De indiscutible origen español y heredando rasgos de las escuelas de la Brida (también conocida como Estradiota) y de la Jineta, la equitación argentina tiene como cualidad principal su ajustada adaptación al terreno, existiendo por ello una amplia variedad de sillas o recados adecuados a las condiciones topográficas de cada región. Es por ello fundamental tener presentes las características de la pampa, escenario en que el gaucho forjó su inimitable estilo, tanto de montar como de vivir: Una interminable planicie, exenta de obstáculos visibles, minada de tanto en tanto de peligrosas vizcacheras y cuevas de peludo, muy poblada de ganado cimarrón, con escaza población civilizada y vastos territorios inexplorados y dominados por los indios. Trataremos ahora sí de enumerar las particulares características de la equitación gaucha:

Velocidad: El pampeano desdeña el trote, los sobrepasos y marchados. Pasa sin escala del «tranco» (paso) al galope. Influye en esta cualidad la amplitud y chatura del terreno pampeano. También el desarrollo alcanzado por el gaucho en el uso de la tropilla, ya que al no tener inconvenientes para la alimentación de los animales gracias a la hervorosidad de la llanura, se convertía en el sistema ideal para recorrer grandes distancias en poco tiempo. Así, podía cabalgar de sol a sol, cambiando su cabalgadura cada 3 o 4 leguas, llegando a cumplir jornadas de entre 150 y 200 kilómetros.

Soltura y escaso afianzamiento del jinete en el recado: La trampa mortal que significaban las vizcacheras, cuevas de peludos y las certeras boleadoras que el indio arrojaba a las patas del caballo, hicieron que el jinete pampeano adaptase su recado y modo de cabalgar, para facilitarse el desprendimiento del animal durante la rodada. Recado liso, casi plano, sin borrenes y muy abierto de bastos, para alejar las piernas del jinete de los flancos del caballo, complementado con estribos largos, en los que apenas descansaba la punta del pie (algunos solían prescindir de ellos o usar a lo sumo el de montar), daban al gaucho la independencia suficiente del animal. Había algunos jinetes muy hábiles para hechar pie en tierra durante la rodada. Se los llamaba paradores por caer siempre de pie.

Piezas del apero: Muchas de ellas se acomodan perfectamente al ámbito y personalidad del gaucho. Sobre el caballo pasa la mayor parte de su vida, por eso el recado debe ofrecer un asiento cómodo, lo que justifica el uso de mullidos cojinillos o pellones. La inmensidad y soledad de la pampa lo obligan a dormir a la intemperie, por eso el uso de bajeras, matras, mandiles, jergas, caronas, que sirven también como cama de campaña. La mejor forma de atrapar el ganado es mediante el uso del lazo, por tanto nunca debe faltar entre las pilchas y además el recado deberá ofrecerle un fuerte asidero.

Adiestramiento: El gaucho gusta, y su necesidad se lo impone, del caballo adiestrado de tal manera que le permita un andar descansado, natural, por equilibrio innato, de boca sensible a la orden de la rienda, desdeñando los cuellos rígidos y bocas firmes que obligan al jinete a llevar las riendas siempre tensas y a mantenerse sobre el animal a fuerza de rodillas y manos.
El método de doma es de lo más brutal e impaciente, motivado este accionar quizás en la conjunción de circunstancias tales como la superpoblación de equinos en la región, el cruzamiento de razas y la calidad de pastos y suelo, que hacían que los potros fuesen más briosos que en otras regiones, sin dejar de lado por supuesto la personalidad machista y dominante del gaucho.
En cuanto a las acrobacias, son muy pocas las que practicaba el gaucho: la más destacada y de vital importancia era la de correr maneado, es decir, con las patas trabadas por las boleadoras.