LA VESTIMENTA DEL GAUCHO

Una de las prendas que más usó y que él mismo se confeccionaba fue la bota de potro. Las alpargatas existían, ya que fueron traídas por los españoles desde un principio y se usaron mucho; pero era necesario tener dinero para adquirirla y sabemos, que nuestro gaucho podía tener muchas cosas, pero dinero muy poco o ninguno por momentos, y las alpargatas duraban poco y era necesario reponerlas. Nuestro gaucho, hombre ingenioso, pronto ideó como calzarse sin gasto, ya que el material que necesitaba era lo que entonces más abundaba en los campos que recorría a diario: caballos.

«Era de verlo por la pampa amarillenta, embebida al infinito en la tela del horizonte donde se hundía, recién volada de su laguna, la garza matinal, al galope del malacara o del obscuro cuyo ímpetu rebufaba, tascando fervorosos fervores en la roedura de la coscoja. A la luz todavía tangente del sol que iba tendiéndose por la hierba, rubio y calentito como un poncho de vicuña, el corcel parecía despedir flámulas de color en arrebato de antorcha. Empinado el sombrero ante las posibles alarmas del horizonte, y con ello más abierta la cara al cielo, el jinete iba sorbiendo aquel aire de la pampa, que es -¡oh gloria de mi tierra!- el aroma de la libertad.
Hundíase el barboquejo de borlas entre su barba negra que escarpaba rudamente los altos pómulos de bronce. Animábase, hondo en su cuenca, el ojo funesto. Flotaba tendido en golilla sobre la chaqueta largo pañuelo punzó. Entre los flecos del calzoncillo rebrillaba la espuela. Otro rayo de sol estillábase en la cintura sobre la guarda de puñal.
Trotaba al lado suyo, con la acelerada lengua colgándole, el mastín bayo erizado de rocío. Aquí y allá flauteaba un terutero. Y aquel aspaviento del ave, aquella lealtad del caballo y del perro, aquella brisa perfumada en el trebolar como una pastorcilla, aquella laguna que aún conservaba el nácar de la aurora, llenaban su alma de poesía y de música».

El Gaucho, prosa criolla de Leopoldo Lugones